Reflexiones de fin de año por Esteban Bedoya

Se aproximan las fiestas de fin de año, y tal como en el dos mil siete, quiero transmitir algunas reflexiones sobre los recuerdos que por curiosa fatalidad me conducen a los ambigúes de fines de diciembre. No puedo dejar de mencionar al pavo navideño que generosamente ofrendó sus buenos kilos ganados durante una dura existencia, para que luego, seres irreverentes lo transformaran en composiciones abstractas sobre platos rebosantes de delicias de ocasión (hasta en regios sándwiches en los días sucesivos). Pero el olor insulso de la carne del pavo me conduce por caminos que no me atrevería volver a recorrer.

Son tantos los recuerdos… tantos, que algunos podrían no pertenecerme.

Fue a mediados del sesenta cuando me bajaron del árbol de mango… un manotazo bestial que pareció querer salvarme de los insectos y duendes que allí habitaban; ¿y todo porqué?… por que el pavo estaba servido en la galería, en una larga mesa veraniega. Cómo no detestar al cadáver glaceado, si por él, me obligaban a dejar las cosas importantes.

Existe un rompecabezas, entre la partida de Asunción y la llegada a Buenos Aires, son imágenes salpicadas que reviven en mi, aromas lejanos, irrecuperables. Una infancia que me legó la rica herencia de caminatas sin fin. Caminando veredas empapadas del jugo sucio de los inviernos porteños, humedad gris que hacía sonar los fuelles de mi respiración. Y tal vez el invierno, con sus días cortos me daba la posibilidad de esconderme para no dar la cara a una ciudad extraña, que sin saberlo me nutría, como un animal de otra especie que se apiada de un recién nacido. (Haciendo un paréntesis en el relato, pienso en las limitaciones del pavo, ya que nadie puede nutrirse de sus tetas bestiales, porque no las tiene).

Sigo:

Había recorrido desde la Plaza de Mayo hasta las Barrancas del parque Lezama, desde la Casa Rosada hasta la Costanera Sur, me había internado en conventillos de la calle Defensa, y en los de la calle Balcarce… a los nueve años pude oler la pobreza de los “cabecitas” amontonados en el fondo de las naves encalladas en San Telmo.

Era una caminata solitaria, desautorizada. Mis padres jamás lo supieron, aunque intenté contarles sobre mis exploraciones urbanas, dibujando monstruos que devoraban las buenas costumbres que me tenían reservadas para los fines de semana.

Recuerdo al tío que me hospedó, (ése que nunca estaba) y que generosamente me llevó a almorzar al gran palacio que está en Victoria… No recuerdo los salones ni a los dueños de casa, sí recuerdo la carne tierna de la pavita. Y así, la vida fue recorriendo senderos, y al recapitular la mitad de mi existencia (cincuenta años), encuentro que el sabor de los alimentos desluce otros recuerdos, tales como: la primera mujer, el título universitario, mi primer libro, etc. Y entre esos alimentos, la carne insulsa del pavo se cuela como el agua entre grietas. ¿Será que en otras vidas pasé hambre?

Pero no me quiero detener en anécdotas que distraen, acá el tema es la carne del pavo, mi objetivo pareciera culinario; mis globalizados recorridos urbanos, irremediablemente me retrotraen al gusto por los alimentos. Recuerdo las exploraciones de la calle Arroyo, cuya correntada mansa desembocaba en una más caudalosa que bajaba musicalmente por la calle Suipacha. En incontables ocasiones caminé contracorriente para fondear en la parroquia del Socorro. Amaba la oscuridad del templo que olía a incienso, ese lugar sacro donde en ocasiones me vestí de cardenal –similar a un monaguillo- para acumular propinas de generosos padrinos, protagonistas de espléndidas bodas que sembraron de niños rozagantes las plazas del Barrio… Y no se porqué me imagino el pavo recostado con sus muslos dorados, expuestos como los de señoritas bronceadas en alguna playa racé. ¿Cómo olvidar la enorme mesa de mármol de la sacristía?, un mueble inmueble de principios del novecientos, regalo de las Damas de la Caridad, todas espléndidas Señoras, que hoy día estarán -seguramente- disfrutando los conciertos de lira magistralmente ejecutados por los ángeles. Y me pregunto: ¿Habrán ellas comido de los muslos obscenos de los pavos festivos?

Podría seguir con el recorrido y comentar mi inolvidable experiencia en el colegio de los jesuitas -lo reservo para el 2010-. Pero la cuestión de fondo es que este largo rodeo sobre mi vida y la del pavo, responde al desgraciado suceso de la muerte del pavo de un amigo. ¡Treinta años de cariñosa crianza!… y se le murió. Lo crió como a un hijo, le compraba cereales abrillantados, en invierno lo cubría con una capita de lana tejida en San Miguel de las Misiones, el pavo, cual jilguero cantaba en su ventana cada mañana y cuando se aproximaba la primavera, lo despertaba con un ramito de jazmines que llevaba en el pico. Atila –así se llamaba el pavo- dejó un hueco profundo en el alma de éste amigo cuyo nombre me reservo. El drama en ésta historia, es que el deudo rechazó regalarnos el cadáver del pavo para el banquete de año nuevo, “por respeto”, -nos dijo, inocultablemente molesto con la propuesta-.

Y ese accidente minúsculo en la historia de la civilización, logró dar un vuelco a mi vida: Al fin me siento liberado.

Éste año, ¡costilla a la parrilla!

Imagínense la fuente ovalada con dos tiras de costillas crocantes, escoltadas por papitas con forma de ojos saltones, coloreadas con pequeñas zanahorias y mucho aceite de oliva.

¡Bien muerto el pavo!… ya bastante me sometió… ahora sólo me queda cambiar de religión, o a acostumbrarme a vivir si ellas.

Es un momento de alegría que quiero disfrutar con Ustedes.

¡Felices fiestas!

Un comentario en “Reflexiones de fin de año por Esteban Bedoya

  1. Hola Esteban
    Estare pendiente a la Navidad del 2010, porque eso de los Jesuitas… deja a mi imaginación como pelotita de ping-pong, de repiques…

    La magia de la narracion, el juego de contrastes y una forma de ver “esos muslos pornograficos”, suena casi como esa taza de café humeante frente al caldo de los dias de “empacho”.

    Los saludos de un amigo y lector

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